martes, 24 de abril de 2012

Dejos










Dejos








Gerardo Lino




























Giro
y parece
haberse quedado algo
Frente a un lugar
darse vuelta y creer
haber olvidado algún objeto
Avanzar y sentir
perdida alguna cosa
una parte que me pertenecía
Irse de ahí una vez tratado lo tratado
y quedar en el desasosiego de no haberse cumplido
hasta la última de las últimas gotas de lo hecho
Seguir alejándose de cada lugar
con esa sensación de qué era eso de mí
como si cada acto consumado consistiera en dejar de ser

Giro
y apenas me doy cuenta ya muy lejos del sitio
deshilvanándome mientras más me alejo
(qué era eso de mí que habré dejado):

esas jovencitas acabadas de llegar







ser y ser lo que no se alcanza
Lezama Lima

En la noche
no en la noche astronómica
que al fin tiene sus horas contadas
sino en ese quebranto sin medida
de haber sabido de la luz de haberla visto
y ya no poder verla
por más que se le busque
se le rememore
se le compongan elegías
palinodias panegíricos odas
o en lienzos de óleo imitarla
en lienzos de agua repetirla
conjurar su presencia en trastroquelados mitos
aún más
y en sonidos cristalinos evocarla
como si todavía hubiera tiempo para seducir
engatusarla hacerla caer rendida por tánto amor
confundida por un eterno instar con esa música

en la noche
yace el resto de tus días
para dolerte de tánta inútil pérdida
para hurgar en tu llaga alguna culpa
cuál habrá sido el error de tus errores
desperdicio de ser para que entiendas







Hacer acaso es deshacerse
Quedarse quieto, quizás pudrirse
Vas a una cita, te alegras de su aparición
por las columnas, besos y un abrazo
degustas la melodía de ciertas frases
te deleitas en el timbre y en los gestos
alcanzas el fruto de su presencia
hasta que llega la hora señalada
Regresas contento aún con las impresiones frescas
Pero ya en esos pasos
comienza a volverse humo
apenas una figura en la memoria
refugiada del fragor de la fugacidad

¿Qué hubo en los ojos el tacto los oídos?
¿Qué crees que fuiste mientras estabas con quién?
No habrá lugar donde pueda hallarse ese cuándo















Vuelves a esa plaza
a la banca en que acababan de sentarse
cuatro jóvenes
a la misma hora según decía el reloj
de aquella tarde
en el instante en que te ibas

Te extraña que las cosas sigan en su sitio
y a la par estén ajadas sin su aroma

Qué raro que este día también se llame sábado





















En la cama sin bordes
en el pasillo helado
estamos solos
contemplando las vetas de la mesa
bajo el chorro de agua caliente
reconfortándose con una taza de café
estamos solos
y respondiendo al saludo de un niño
caminando sin pisar las rayas de las losas

Si parece natural como el aire al nacer
¿qué hay de irrespirable
tan áspero que no se puede soportar
en ella?
Y no habrá costumbre que la haga disiparse

















Ignoras lo que eres en el acto
Estás metido hasta la médula
Más allá del acierto o del error
no sabes lo que eres
solo haces
Ya en la consecuencia podrás asomarte a lo que fuiste
verte como si fueras otro
reconocer
aquellos rasgos previstos en el antes
o asombrarte
de lo imprevisible que ya es tuyo
Pero nunca en el acto
El acto sin antes ni después solo te dice
qué no eras y qué no eres
Ahí radica la insidia
la insinuación

Guardas todo en su lugar y,
al cerrar la puerta, dudas













Memoria de la luz
quisiera ser la luz
canta como la luz
pero nunca es la luz




























Quedamos en volver
Queremos repetir
Mirar nacer aquel instante
Gozar de nuevo aquel comienzo

Y la siguiente vibra todavía
Guarda sorpresas de fondo en el fondo
Un encuentro preñado de otro encuentro

Nadie sabe el número ni que se agotará
Mucho menos cuándo será la última

Corta o larga la rueda de esa dicha
habrá de detenerse por su propio peso
y fuerza
ausente

A ver cuándo nos vemos…














Talvez no lo hice bien
Razonablemente preguntas
Luego vas a intentarlo
Incursionas en el meollo de la cuestión
Y te encuentras haciéndolo de nuevo
Pero sin darte cuenta de nuevo
De eso: que lo estás haciendo una vez más
Por muy minucioso que hayas sido
Por mucho cuidado que hayas puesto
Es otro
Podrías captar ciertas pequeñas variaciones
notar desvíos minúsculos en el transcurso
ver que no es lo mismo mientras lo estás haciendo
por más que tan semejantes aparezcan

Porque no es el tiempo un archivista
ni siquiera un noble bibliotecario
no guarda ni ordena una sola hoja
no espera para cobrarse a largo plazo
no encona rencores ni anida venganzas
es más puro que el amor de San Pablo
es el olvido puro
y el más esclarecido caballero









Tan común y corriente
cosa de lo más normal y de todos los días
sustancia inherente de nuestro ser
dicen los que saben

Pero huimos de ella
y sin recato nos entregamos a cualquiera
Si se nos impone porque no hay opción
no podemos estarnos ni tan solo aguantarla
incluso si nos hacemos a la idea
de amarla por nuestra real y soberana gana

Entonces salimos a las calles
a ver con quién o con qué cosa nos topamos
aunque con nadie en especial nos encontremos
y el regreso sea aun más pútrido que higiénico

Al menos nos dio el aire
al menos pasó el tiempo













Y si la soledad fuera la luz

Pero no





























Hacer
Meterse en el trabajo
Organizar actividades
Diversificarse en los deberes
Fantasmagorear actos gratuitos
Calendarizar dosificar dirimir
Poner los preparativos a la orden del día

Hacer que estamos y
hacer como que no estamos
incluso festejar en las más perdidas fiestas
ebriedad baudeleriana
o virtuoso renunciamiento
servir a la poesía o a la ciencia
hasta la más neta santidad

son placebos momentáneos
píldoras doradas

Por eso actuar es solo un vicio












Dónde andarán aquellas cuatro jóvenes lucientes
Estarán mejor aquí en figura
Estaría mejor haberlas conocido

Fútiles preguntas que ni merecen signo



























Sin salir de mi casa
con la soledad enfrente
a mis espaldas
arriba de mi hombro
en mis rodillas
en el plexo desabriendo
torciéndome los huesecillos
metacarpos metatarsos y falangetas
coyunturas y probos ligamentos
yunque martillo estribo y caracol
tratando de deshacerme de ella
no he tenido de otra sino hacer
memoria de ella hacer
de ella estos medidos disimulos

Y el tiempo no se apura
















¡Estoy cansada y enferma
de estar cansada y enferma!

Heroinómana y madre
en Law and Order



























profanaciones































Las calles ardían de gente
Ningún conocido esa noche
Y a quién me encuentro
A la madre de mi primogénito

El cine estaba vacío
Una función para un solo espectador
La película estuvo muy buena
Por eso no había nadie
Reí
Me daba frío a ratos
Mientras otras salas reventarían
Reí hasta las lágrimas
Muchas
The other guys
Dos aparentes ineptos
Reí hasta el final
Después de los créditos
Cuando a Will Ferrel le gana la risa y Mark Whalberg se carcajea
El rollo quedó rodando solo crac crac
Ni siquiera el proyectista estaba en la cabina

Ya no había nadie en las calles
helaba








Tuve un sueño cagado
Todo estaba en orden
Las presencias acudían / ecuánimes

Veo a los papás de mi primer amor
a sus hermanos
se me hace curioso
tan jóvenes se ven
después de treinta años

Mi último amor no obedece mis pasos
se retrasa como a propósito
me escuece

Aquel que hubiera sido mi suedro
camina a paso corto
como jugando no sé qué juego
y Mi-último-amor le pisa los talones
lo persigue como un tocotín
paso a pasito
me escuece

Pero qué dicha ver
que todo está en orden
Ojalá siguiera durmiendo







Frecuentar el amargo
por ver si así se soporta a la Desabrida

























[18-22XI10 en San Francisco, Pué]
















Jackson Pollock, Untitled,
black and colored inks on rice paper,
25 x 39 in.63.5 x 99.1 cm.
Executed circa 1951.



martes, 20 de marzo de 2012

Juan Jorge Ayala / Peán



gritamos valentones en la calle vacía,
que a mí qué, lo estoy diciendo,
a ver si vienen a ponerme en mi lugar

G. L.

I
Pues uno empieza a vivir cuando deja de hacer literatura.
Sin corazas imaginarias arremeto para despejar la acera,
con destreza evado, silbo una cumbia sin que me traicione
el tonito belicoso de la sinfonía “Heroica”.

He ahí la cantina: más vale dejar a las puertas la metáfora
y decir que lo único real es este calor endemoniado
y el banquillo de siempre esperándome en la barra semivacía
de El Encanto. Uno aprende a vivir ––reflexiono 
mientras pido Lo mismo –– cuando concluye
que la literatura es la preexistencia de la realidad,
cuando no evoca sino atiende al contacto gélido
de las cosas próximas: tenazas para el hielo,
agua quinada para el vodka. ¿Quién más feliz
que aquel que no pretende serlo?

Nada de entornar los ojos y hacer como que llega la musa:
goza el sol desangrando su delirio. Nada de eso,
así empiezan las sufridas vocaciones literarias.
El hielo se fractura ruidosamente en el vaso,
y hago como que no escucho en el fondo
batidas armas, tambores desganados:
artificiosos coros en competencia desigual
con la corriente ronca del Éufrates.


II
Pudo ser de otra manera, pero no: despierto
sujetando dolorosamente mi brazo contuso.

Tanta hinchazón me mantuvo a flote en la cama.

¿Ya narré cómo ––casi abatido–– rompí el cerco?
Mi mujer cree que estaba borracho y tuve algún altercado
con los cilicios, pero sabe bien que nunca busco pelea
cuando estoy pasado de tragos. A mediodía me refugio
en un sitio neutral y pido vodkas y desinflamatorios.
Estoy fraguando una buena excusa para justificar
mañana mi ausencia ante las Autoridades.
“Pendejos, deberían condecorarme”
––le digo amargamente al mesero.

Mi brazo enseñorea las insignias de sus hematomas.

Pude haberme negado a marchar contra los bárbaros alcoholes,
pude, pero la sed y el olor a guisado de pollo
debilitaron mis flancos, y atravesé con paso resignado
las puertas del tugurio; cierto que bebí, que discutí
––ejercicios rutinarios––, mientras al fondo,
acodado en la mesa, el anciano sirio
(parche al ojo, lengua cárdena)
profería terribles palabras de venganza.

Soñaste ––me dice el mesero––. Ayer sólo estuvieron
aquí Gerardo, tú y El Maicol. Te caíste
cuando ibas al baño y entre todos te levantamos.
¿Ajá? ¿Alguien me quiere decir por qué entonces
mi brazo está inmovilizado por las cánulas
y el cielo ondea como una sucia bandera enemiga?


III
Aquí soy feliz ––confieso al Maicol
mientras devoramos pata envinagrada en El Encanto.
Caldo y cervezas reclamo para mi justo honor
este mediodía. El vaso me constriñe en miserables bordes,
pero sigo abasteciéndome de tragos
como si aún viviera en tiempos del Imperio.

Puedo sin aflicción postergar la escritura minuciosa
de cuantas batallas me he ausentado, si voluntariamente
rehúso coronarme de laureles inmediatos.

Nunca está enfrente el enemigo, sino atrás
––confabula Ciro por encima de mi hombro.

Debo aprovisionarme entonces de cigarros,
navajas de rasurar, cerveza suficiente si hay visos
de imponer ley seca mañana. Y voy a comprar
sueros y tafiles para seguir leyendo a Jenofonte.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Marcel Schwob / Europeos en África


¡Y somos nosotros, destiladores de frutos y bebedores de absenta, quienes los tratamos como salvajes!


`

Algunos negros nos esperan. Unos van vestidos con taparrabos, otros con una túnica blanquecina, colgada sobre los hombros al modo antiguo. Un pequeño somalí camina junto a mí. Lleva sus andrajos con una gracia inexpresable y sostiene en la mano la tarjeta de un café. Tiene diez años, ojos soberbios, una sonrisa de muchacha y dientes blancos. Dos abisinios nos acompañan y hablan árabe. [...]

Ahora llegamos a un bloque macizo y gris, agujereado por ventanucos enrejados, severo bajo la noche clara. El pequeño somalí se ríe: “Esto cárcel”, dice. Y yo pregunto: “¿Cuántos prisioneros?”. “Oh, muchos, muchos —responde—, todo, todo lleno.” “¿Blancos?”, pregunto. “Oh, no, hombres negros.” Y se ríe de nuevo enseñando la dentadura.

Ahora la gran plaza de Djibouti, cuadrada, rodeada de hoteles, de cafés, de tiendas. Ting y yo nos sentamos en el café del Louvre, y tomamos mastics (raki). Doy diez céntimos a mi pequeño guía. No se va, sino que permanece cerca de mí, y me abanica el rostro con su cartulina. “Yo dar viento a ti, hacer fresco”, dice. Y sonríe. Tiene el cabello crespo, completamente dorado por el jabón somalí. Quiero darle de beber: agita la cabeza: “Somalí nunca bebe”, dice con gravedad. Dos negros se aproximan, y nos enseñan, para vendérnoslas, ágatas de Ceilán, cristales de roca del tamojal, sortijas de plata, cuernos de gacela [...]; los policías indígenas que rodean la plaza, tocados con birretes a la inglesa, látigo en mano, los apalean para echarlos. [...]

Quiero que el pequeño Alí, que fuma un cigarrillo que le he dado, se siente: lo echan a latigazos. El gobernador de la República prohíbe que los negros se sienten en las sillas de los cafés, cerca de los blancos. [...]

El somalí de Adén me acompañará al barco: lleva una caja de cheroots de Trickinopoli que he comprado. Alto. El pobre somalí es detenido por un agente negro que se lo llevará a prisión. Otros somalíes llegan e imploran. El agente permanece sordo. Le explico que lo que lleva es mío, que voy a pagarle: tiempo perdido. El agente nos acompaña y, en cuanto me haya ido, encerrará al pobre negro en una celda. El desdichado me mira suplicante. No, ciertamente no voy a permitirlo. Volvemos todos a la plaza. Allí encuentro al francés gordo, jefe de la policía, bebiendo cañas de cerveza, tocado con su casco blanco. Apenas he hablado: “Muy bien, muy bien —dice—, este hombre es libre”. “Entonces —digo— ¿por qué se le castiga si no ha hecho nada?”. “Es que, señor, tememos que los negros molesten a los europeos, nos vemos forzados...”.

¡Pobre exiliado de Adén, vestido con su harapo rojo, que sigue con la vista mi piragua! ¡Pobre pequeño Alí, con su pelambrera teñida, sonriendo tristemente en el malecón, la mano por encima de la cabeza para decirme adiós! La bestialidad de la raza blanca tiene un fondo de estupidez y de ferocidad desconocidas —como la gorra de Bovary. [...]

Abisinios y somalíes pululan en cubierta. Un grupo de pasajeros de segunda, que ha traspasado sus límites, rodea a un negro que ofrece arrojarse desde lo alto del palo de mesana. Le prometen cinco francos. Clavado sordo desde doce metros de altura. [...]  Cuando nos aproximamos sale un negro desdichado a quien los blancos han llenado de jabón so pretexto de blanquearlo. Lo persiguen a puntapiés mientras chillan. Una mujer protesta tímidamente, y una voz unánime le grita: “¡Qué más da! ¡Es un salvaje!”.

La nación que proclamó los Derechos del Hombre trata a una bella raza inteligente peor que al ganado en el matadero. Los fustigan; los ponen en manos de otros negros feroces que los meten en prisión para hacerles devolver los escasos francos que han podido ganar; hacen befa de ellos, peor que lo que se hace con los esclavos en América. ¡Y es Francia la que da este ejemplo!

M. Clausson, un explorador belga de a bordo, que ha pasado su vida en China, en Mongolia y en el Tíbet, se ha sublevado de indignación. Él también había dado de beber a un pequeño somalí. Y el niño le respondió: “Somalí no bebe, nunca. Si somalí bebe, loco, y madre cortar cabeza”. M. Clausson le ofreció un franco, dos francos, cinco francos, para probar un vaso de cerveza. El niño ha permanecido firme en sus trece.

¡Y somos nosotros, destiladores de frutos y bebedores de absenta, quienes los tratamos como salvajes!


———————
Marcel Schwob, Viaje a Samoa. Cartas a Margarita Moreno, “A bordo del Ville de la Ciotat. Golfo de Adén. Miércoles, 30 de octubre de 1901”, trad. Jaume Pomar, Folio, 2004.



`
{Al transcribir he corregido los leísmos —gl}

miércoles, 25 de enero de 2012

Revueltas / Sloterdijk : coincidencias en los comienzos



Releo esto:

“Señoras y señores, convendrán conmigo en que en un libro normal nadie ha llegado a sentir como un problema el hecho de abrir la primera página. Sin embargo, hoy no estamos hablando de un libro normal, y nos da la impresión de que las cosas se complican en el lugar más insospechado. Por otro lado, si el libro infinito del que nos habla Borges no fuera más que una ficción cuyo sentido no tuviera absolutamente nada que ver con el realismo, no tendría que perturbarnos tanto; es más, sólo provocaría una discusión literaria o de tipo fantástico. Si la literatura siempre fuera únicamente literatura y la vida siempre fuera únicamente vida, sería imposible relacionar los problemas de la literatura con los de la vida; aquéllos no podrían ser considerados nunca por lo que en la metafísica de la cotidianidad llamamos ‘problemas reales’. Ahora bien, nosotros enseguida observamos que la distinción entre literatura y vida no puede delimitarse con tanta claridad. Es por esta razón por la que propongo, señoras y señores, que realicemos una especie de experimento mental.

Imaginemos que aparece de nuevo ese rubio escocés vendedor de biblias de voz melancólica, pero esta vez no pide al comprador potencial del Libro de Arena que busque la primera página de la obra. No, ahora él nos pide a nosotros que abramos la primera página de nuestra vida para leer en voz alta lo que está ahí. ¡Un momento! Nos aprestamos a hacerlo, y enseguida se adivina cuán excesiva es la exigencia, aquí la vieja metáfora del libro se esfuerza de nuevo por imaginar la totalidad de la vida humana... un juego al que se entregan los hombres desde que existen los libros. ¿Y por qué no deberían entregarse a él si el libro representa en el mundo una de las singularidades más gratas que pueden corresponder a una totalidad? Sin embargo, muy pronto el asunto empieza a mostrar todas sus caras espinosas.

Nuestra vida, en el caso de que sea un libro, no puede ser en ningún caso un libro infinito, ya que sabemos que la vida con la que hemos de vérnoslas empieza con la concepción o el nacimiento y termina con la muerte. Ésta sería, por tanto, si queremos seguir con la misma imagen, un libro finito, del mismo modo que las biografías humanas son historias que pueden ser leídas al final y hojeadas de principio a fin. O al menos, ésta es la impresión que se tiene si convenimos en que los libros finitos son metáforas útiles para una vida finita. [...]

Pues también en el libro finito que narra los comienzos de una vida finita se produce el efecto que hacía palidecer al narrador de Borges y le impulsaba a hacer la siguiente observación: ‘¡Esto es imposible!’. A lo que replicaba el vendedor de biblias, como ya hemos oído, que, en efecto, era imposible y, sin embargo, era.

Si me invitaran a contar mi vida y comenzar por el principio, me pasaría lo mismo que al descompuesto bibliómano de Buenos Aires, sólo que en mi caso parecería como si pudiera comenzar incondicionalmente desde el principio: en realidad, la historia que yo, si pudiera, tendría que narrar sería una historia finita. Sin embargo, extrañamente, me sentiría incapaz de hacerlo, pues, por raro que pueda sonar, esta historia mía empieza con mi ausencia o, dicho más prudentemente, con la ausencia de mi recuerdo y bajo la pérdida de mi conciencia de haber estado presente. Suponiendo que en las primeras páginas de mi libro hubiera que dar cuenta de mi nacimiento, este requerimiento sería cualquuier cosa salvo extravagante, dado que yo, como héroe de mi historia, tengo que haber estado allí de alguna manera para dar fe de mi visita en este mundo.

Pese a esto, si se pidiera a alguien que reprodujese su propia historia con todo detalle y sin ironía al estilo de una narración del yo, inmediatamente se le tendría por charlatán o por una especie de barón de Münchhausen capaz de tirar de sus cabellos para salir del seno materno. Esto significa, sin embargo, que tampoco en nuestra historia finita, que nadie juzgaría como un juego diabólico indio, conseguimos abrir la primera página. Pues cuando la podemos abrir, sabemos enseguida esto: no es en realidad la primera página. Cuando comenzamos a narrarnos nuestra historia es porque con toda seguridad no hemos sido nosotros los que hemos comenzado desde el principio, sino porque sólo hemos entrado más tarde: el primer recuerdo, más o menos, del que disponemos es el de nuestro papá dándonos vueltas por el aire, el del pequeño yo dando gritos de júbilo por el balanceo, el de cuando tiramos a la calle la vajilla familiar... si algo ponen de manifiesto estos detalles tan típicos es que justo en el momento del comienzo propio se abre una laguna difícil de cerrar del todo.

Si nuestra vida fuera un libro finito normal, lo que quedaría de ella, entre la encuadernación delantera y el lugar en el que nosotros empezamos a hablar por nosotros mismos, sería, exactamente como en el monstruoso libro de Borges, un montón de páginas imposibles de abrirse. Esto no significa otra cosa que para el hombre, en cuanto ser finito que habla, el comienzo del ser y el comienzo del lenguaje no van de la mano bajo ninguna circunstancia. Pues cuando comienza el lenguaje, el ser ya está ahí presente; y cuando se quiere empezar con el ser, uno se hunde en el agujero negro de la ausencia de palabra.”

—————
Peter Sloterdijk, Venir al mundo, venir al lenguaje. Lecciones de Frankfurt, trad. Germán Cano, Pre-Textos, Valencia, 2006, pp. 38-41.


 / Luego doy con esto: *


Hegel y yo **

José Revueltas


“ ‘Mira —me dice—, todo acto profundo (y no es necesario que tú mismo seas profundo para que hagas un acto profundo) es inmemorial. O sea, es tan antiguo que no se guarda memoria de su comienzo, nadie sabe de dónde arranca, en qué parte se inició o si no se inicia en parte alguna. El acto profundo no tiene principio, no ha comenzado jamás, pero tan sólo porque no existe la memoria de ese acto, no hay ninguna data que lo testimonie ni podrá haberla nunca. Es anterior a la data, un acto no registrado, pero hecho, la suma de una larga serie de actos fallidos hasta llegar a él, en la soledad más absolutamente vacía de testigos. Entonces, por cuanto estás aquí (digo, aquí en la cárcel o donde estés, no importa), por cuanto estás y eres en algún sitio, algo tienes que ver con ese acto. Más bien, no algo sino todo; tienes que ver todo con ese acto que desconoces. Es un acto tuyo. Está inscrito en tu memoria antigua, en lo más extraño de tu memoria, en tu memoria extraña, no dicha, no escrita, no pensada, apenas sentida, y que es la que te mueve hacia tal acto. Tan extraña, que es una memoria sin lenguaje, carente en absoluto de signos propios y ha de abrirse camino en virtud de los recursos más inesperados. Así, esta memoria repite, sin que nos demos cuenta, todas las frustraciones anteriores a su data, hasta que uno acierta de nuevo con el acto profundo original que, ya por eso solamente, es tuyo. Pero solamente por esto, pues es tuyo sin que te pertenezca. Lo contrario es la verdad: tú eres quien le pertenece, con lo que, por ende, dejas de pertenecerte a ti mismo. El acto profundo está en ti, agazapado y acechante en el fondo de tu memoria: de esa memoria de lo no ocurrido. Tiendes a cometerlo en cualquier momento; el que lo cometas o no, tampoco es asunto tuyo ni de que reúnas las condiciones para ello. Se ha vuelto cosa del puro azar, al alcance involuntario de cualquiera. Bien, he dicho cometerlo y esto es inexacto hasta cierto punto. Es un acto que acepta todas las formas: cometerlo, prepararlo, consumarlo, realizarlo, está simplemente fuera de toda calificación moral. El calificarlo queda para quienes lo anotan y lo datan, o sean los periodistas y los historiadores, que lo han de ajustar entonces, necesariamente, a una determinada norma crítica vigente, con lo que no hacen sino borrar sus huellas y fastidiarlo, erigiéndolo así en un mito más o menos válido y aceptable durante cierto periodo: Landrú, Gengis-Kan, Galileo, Napoleón, el Marqués de Sade o Jesucristo o Lenin, da lo mismo. O El Fut, que resulta un magnífico ejemplo de excelente pateador de cabezas además un ejemplo que tenemos en casa, aquí luego en la Crujía D.’

No descubro nada excepcional al darme cuenta que puedo encontrar lo que busco si tan sólo logro reconstruir con exactitud los hechos, uno a uno y uno tras otro, desde el principio, pero sucede que es el principio mismo lo que se me escapa, y en esto habría que darle la razón a Hegel: aquí hay algo que no ha comenzado, el extremo del hilo se me va. Las cosas podrían comenzar hoy, por ejemplo, en este mismo instante.



——————
** Fragmento del relato de Revueltas escrito en la Cárcel Preventiva, 1971
* Gracias al post de Enrique Maraver

domingo, 4 de diciembre de 2011

Moebius


Moebius. Poetas nacidos en los ochenta. Una memoria. 

Gerardo Lino

Soñé con un poema. Era breve, de unas tres o siete estrofas y versos endecasílabos de seguro; quizás alejandrinos. Al despertar no recordé qué decía. Quedaba la sensación de su redondez, de su inevitabilidad. Eso fue suficiente.
Había estado leyendo como desesperado una serie de poemas escritos por unos hijos de los años ochenta, reunidos en una antología que ostenta el nombre de Moebius. Sus diferencias y sus semejanzas me llamaron la atención; su madurez de cosa que ya da fruto; su frescura, en el buen sentido de la palabra —y en el malo—. No creo que eso haya influido en el poema que soñé, o al menos no creo que ese poema soñado y desaparecido para siempre fuera una especie de resumen, síntesis o zumo de todo lo que en aquellos pude asimilar o que sin darme cuenta pudieron darme. Sería imposible e indeseable —sobre todo indeseable— que la diversidad de las escrituras pudiera llegar a agotarse en ese residuo, por más perfecto que pudiera haber sido. Porque en la realidad, en la realidad de la lectura con que nos alimentamos, gozamos y parimos, nada sería más empobrecedor que solamente acceder a un exclusivo y único poema, como si con eso se nos hubiera otorgado al fin el summum de lo eterno.
Nada más indeseable. Acostumbrados como estamos a la incertidumbre, sin duda buscamos con ansia un asidero, un refugio para la noche, una palabra que sin titubeos nos quite los titubeos; una forma verbal que diga lo que somos, que piense lo que pensamos, revele ese nudo de lo conocido que ignoramos o dé luz en nuestra ignorancia, en la desolación, siempre contra la indiferencia y siempre con el gozo de haber estado en cierto lugar tan cierto como los lugares que visitamos o que nos visitan en los sueños.
Que el poema salga del sueño soñado o del sueño de la vida, no importa; pero que salga, que podamos cogerlo como un animal elusivo y ponerlo con nuestras propias palabras. Que venga del sueño de la muerte de Shakespeare o de esa larga marcha por los reinos de la muerte que hizo Dante; pero que venga y podamos asestarle un tajo como en los sueños que ahora llamamos Ilíada, a fin de arrastralo con nosotros mientras somos arrastrados por la tierra impía, por las rapsodias de la compasión o por las aguas tentadoras. Que aparezca inopinadamente en el umbral de nuestra puerta, como le dijo a Kavafis la Mayor Señora del Mundo: “no soy tu esclava para que me llames cuando se te pegue la gana; tú tienes que estar esperándome”.
Como quiera, pero que sea.
Luego: reunimos esos intentos del espíritu en las formas verbales; los damos a leer a nuestros amigos; escuchamos sus pareceres o lo que dicen que dicen que dijeron nuestros adversarios —en especial, lo que no pudieron decir—; nos atenemos a la crítica que por su casa empieza —y así—. Entonces consideramos pertinente darlos a la luz.
Una lectora —o un lector— nos dice que quiere publicarlos junto con otros. Damos nuestra anuencia. Resulta que esos otros son nuestros coetáneos, seres que por un azar, igual que uno, nacieron en los mismos años. Y ahí vamos, cooperamos para que nuestro proyecto se vuelva un objeto más del mundo y sea leído, igual que hemos escrito un poema: para que llegue a los lectores —si no, para qué.
Llegó este libro a mis manos por invitación de un amigo. Agradezco la oportunidad. Porque no suelo leer antologías. De hecho, soy incapaz de hacer un estudio crítico sobre las antologías que sin cesar aparecen —mendaces unas, críticas otras; de grupo, individuales; todas con la misma ínclita intención: ser leídas—. Falta poco para que acabe y puedan leer algunos poemas de Moebius algunos de sus autores.
Tuve la tentación de citar versos que me atrajeron, de aquellos que responden a la expectativa congénita de los lectores de poesía: que el poema sea inevitable. Uno va leyendo y conforme aparece la siguiente palabra en la percepción, otro adentro va diciendo “sí, sí, síguele así, así es”, como quien concuerda con el amante por la verdad que el ritmo acompasado de los cuerpos nos confiere. Tuve la tentación, pues. Considerando en frío, sería un despropósito caer en esa parcialidad, porque al fin y al cabo estos jóvenes escritores tienen sus ilusiones y ay de aquél que desgracie la inocencia. Eso se lo dejo a los lectores de Moebius: ya dirán cómo los oyen, cómo los ven, quién vale o valdrá o ya valió.
Solamente una cosa les digo: estos 21 poetas están haciendo vivir la poesía —igual que muchos a quienes jamás conoceremos—; andan tras ella por los desiertos con tal de darle alcance o por los mares de la confusión hasta dar con la Fiel que no es de nadie; asedian ante las murallas imbatibles para darle un tajo; visitan esos nobles castillos donde residen las figuras de sus ancestros, “desde Homero hasta Joseph Conrad”; desde Mallarmé hasta Octavio Paz; desde Rilke hasta Lizalde; desde John Keats hasta Anne Carson; desde Emily Dickinson hasta Coral Bracho; la esperan atildados en sus puertas —no a Coral, que ya sería una bendición, sino a la Mayor Señora del Mundo—, anhelantes o haciéndose los dormidos pero pendientes.
Despierto del sueño de haber escrito; me encuentro un obsequio —de Ella. {2XII11}